¿Cómo es el amor después de los 30 años?

El alma y la mente son sus propios celos y estaciones en las que el amor atraviesa los diversos estados de soledad y actividad, para buscar y encontrar, pertenecer y despertar, descansar y desaparecer.

Cuando una mujer madura, sus relaciones con ella son diferentes. Incluso la relación que tiene consigo misma va un paso más allá de lo mostrado.

Alrededor de los 40 es cuando una mujer siente una necesidad que no puede dejar de comprender, la de poder volver a ser ella misma. Este es un punto emocional donde aprendemos a saludar nuestros recuerdos en el momento adecuado y a calmarnos cuando es necesario.

En ese preciso momento es que ella puede ser amada, más allá de cualquiera de nuestros errores y de lo terrenal. Como resultado de estas edades, debemos amar a nuestros semejantes y así poder descubrir un corazón sereno y con sangre ardiente que pueda ayudarnos a comprender qué clase de criaturas somos, con nuestras fortalezas y debilidades.

Amar de una manera madura

No es fácil madurar en el amor, pero sí lo es cuando se llega a tal grado de madurez por voluntad propia. El amor propio se centra en ese respeto y dignidad hacia uno mismo. Estos valores, a partir de una determinada edad y otras vivencias, suelen articular el cariño de quienes nutren nuestro corazón.

Todos sabemos que el mundo femenino es muy complejo, irradia pureza que se ve amenazada por una sociedad corrupta que hace que las mujeres corran a buscar un refugio en sí mismas, sin tener que huir.

Ahí es donde encuentran el verdadero hogar que no está lejos del mundo, sino que está dentro de ellos. De esta forma, el amor maduro no es más que un proceso de individualización que puede resultar un poco doloroso.

Un amor después de los 40

Puede que esto no llegue tarde o temprano, pero para todos nosotros está precedido por unos años de distracción y descarrilamiento de nuestra hermosa y frágil identidad emocional. Eso es no saber dónde está uno y cuál es el lugar en el mundo emocional que todos conocemos.

La ingenuidad, pero el desconocimiento o la ignorancia, la madurez nos hace sufrir el robo de una piel que nos envolvía, que creíamos nuestra y que afrontamos con bastante fuerza.

Dicho sufrimiento por la pérdida o falta de su piel hace que la mujer viva durante mucho tiempo con una parte de ella un tanto incompleta, lo que la hace fortalecerse en su verdadera cobertura emocional.

Este robo se erige en cada caso como la oportunidad de recuperar uno de sus tesoros más importantes, únicos y propios, como son los dos pilares de la liberación emocional, que son: el amor propio y la determinación.

En definitiva, la mujer alcanza una gran sabiduría que la hace amar y vivir de una manera diferente, trascendente y única. De alguna manera, es capaz de hidratarse y reconstruirse, sintiéndose completamente rodeada por ella misma.

Como dicen por ahí, toda mujer alienta esa fuerza moderada que la llena la creatividad, la sabiduría y los buenos instintos que contienen el gran poder de un territorio aún inexplorado.

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